🔊 L’habilitat necessària

El nara no es pot repenjar en res. Necessita una gran habilitat per a poder anar caminant sense tocar terra.


Col·loqui 17.3.1981
TRANSCRIPCIÓ

Advaitananda: Tenemos que encontrar también como base un elemento: la habilidad.

(No sé cómo decirlo, si queremos decirlo de alguna manera, pues el advaita, ¿no?) El advaita, el nara, tiene que ser una persona enormemente hábil. Hábil en todos aspectos y terrenos.

Hábil empezando por él mismo, para entenderse él mismo. Y es muy complicado esta parte, para entenderse él mismo. Y hábil para tratar de colocarse entre y junto a los otros.

Y como su especial naturaleza o circunstancia le hace que parezca estático o invulnerable, entonces es una recomendación que ya se tiene que lanzar, de no tratar de parecerlo tanto, para no despertar inconscientemente pequeños arañazos en la conciencia de alguien.

No se trata de que sea perfecto, pero quiere serlo. Entonces hace bien y hará bien en querer mantenerse en esta voluntad. Y que pase lo que sea, ¿no?

Pero empieza ya a que tiene que ser hábil consigo mismo. Porque antes que arreglar la casa de los demás, ha de tener uno arreglada la suya. De alguna forma al menos. Nunca tiene uno la casa limpia absolutamente. Pero a veces, pues con que ya estén las camas hechas, parece que ya esté todo hecho, ¿no? Por lo menos algo que sea un poco así de de bulto, ¿no?, hecho ya. O que sepa cómo lo tiene que hacer, que ya es mucho también.

Porque es que el nara, o sea, el elemento que ya se ha dedicado al movimiento advaita, no cuenta con toda una serie de valores que tiene el hombre común. Y en los cuales ellos se apoyan y pueden seguir viviendo y gozando a su manera.

El nara no puede apoyarse en nada. Y necesita una gran habilidad para poder ir andando sin tocar suelo. El único apoyo que tiene el nara no es ese par de zapatos de Whitman y el cayado y la capa de lluvia. Sino es el vacío.

El nara sabe que él es una representación, que esto —lo dice el Zen también— esto que llamamos hombre es simplemente un nombre. Ahora, tampoco se desespera. Porque sabe que si bien esto es así, también esa colección y circunstancia de encontrarse reunidos unos cuantos agregados formando este nombre y esa individualidad, también tiene una realidad. Y también viene a cumplir una función dentro de esa totalidad absoluta que descansa continuamente en el vacío. Pero evidentemente necesita tener una gran habilidad.

Porque a poco que funcione un poco mal el sistema endocrino, pues le puede venir una depresión fuerte o le puede venir una euforia exacerbada producida por esta circunstancia de vacuidad. Esto es lógico. Y es lógico en cualquier estudiante profundo, esotérico o ocultista. Más si, diríamos, se especializa en la cuestión de vacuidad, ya de buenas a primeras. Y es el miedo que con toda sinceridad habéis manifestado muchos. Y que tenemos de una manera u otra todos.

Quizás también sea necesario mantener un poco la sombra del miedo, al menos ¿no? Si no, no podríamos continuar andando. Es bueno no llegar, porque así te queda todavía tiempo, para ir. Si estuviéramos ya y hubiésemos llegado, no estaríamos al final.

Assistent: Si hubiéramos llegado no estaríamos al final!

Advaitananda: Claro. Está claro, ¿no? Es que es esto. Mira, parece que es una paradoja, parece que es una intrascendencia o una futilidad. Pero es eso lo bueno. Aquí radica la ambrosía de la vida. En eso precisamente que se acaba de decir. En ese continuar. No sé si lo veis aquí, no lo podéis leer porque está muy pequeñito. Pero el lema que pone en nuestro linga supremo es Ser Siendo.

Yo os ruego que meditéis profundamente, a solas, a oscuras, como queráis, en esto. Porque se trata de ser, no en el sentido de haber llegado a algún sitio, de estar en una meta determinada, de estar concretados de alguna forma, sino empezar a admitir, cualquiera que sea la posición en que cada uno nos encontremos, que vamos a continuar, que seguiremos siempre y que no terminaremos, afortunadamente, nunca. Es la continuidad de la vida, es el fluir de la vida. Y esto es un gozo absoluto.

Bueno, todo dependerá de lo groseros que seamos. Si queremos gozar con el simple cuerpo físico o si ya esa situación mental de imaginar ya nos produce gozo. Mejor todavía si es nuestra concienciación empieza a vivenciar esta realidad. Y esto no nos lo dan ni nos lo quita nadie. Porque está más allá del etiquetado de nuestros nombres, de nuestras encarnaciones.

De hecho es una cosa que no ha nacido, ni por consiguiente va a perecer. Es la concienciación, de una forma determinada, de la eternidad, de la divinidad, si queréis decirlo así, en nosotros.

Si decís, es malo, por ejemplo, el hombre que no se dedica a ver la realidad de la vida. Entonces es bueno el que se dedica a ver la realidad de la vida y la consigue. Pero no parándose aquí, es más bueno, es verdaderamente bueno — porque todo esto, los dos no son todavía buenos—, el que vuelva nuevamente a la vida, a las formas relativas y parciales que les corresponda vivir.

Imaginémonos —tenemos que imaginarlo porque supongo que nadie, por lo menos ahora, ha sido rey—, imaginémonos la sensación que tiene que tener un rey que dice, pues yo voy ahora a vestirme de cochero. Y coge un coche y está gozando de ser cochero, sabiendo que es rey.

Es esto. Entonces la gente dice, sufre, sufre porque no sabe que realmente es un rey. Y en esto, esta presentación, borrad pero completamente todo lo que no os guste, todo lo que os pueda parecer de sermón, todo lo que os pueda parecer de tipo religioso, si es que no os gusta. No tiene por qué entrar aquí en ninguna valoración de tipo religioso ni nada. Es una valoración de tipo abstracto, puro, limpio. Sin ninguna, etiquetado, sin ninguna matización de nada. Es la más pura y escueta realidad.

Es una —reduciéndolo mucho, prostituyéndolo al máximo, podríamos decir—, es una existencia continuada. Que incluso se libera, ya decía, de los etiquetados de nombre y de encarnación. O sea que lo que importa verdaderamente es la razón más interna de aquello.

Fijaos que con esta posición, cualquiera que fuese vuestro criterio (todos los criterios pueden reducirse a dos, los dos extremos, ¿no?: el llamado materialista y el llamado espiritualista. Creer en toda una serie de valores o creer simplemente que todo es, pues no sé, cloruros y fosfatos y nada más, ¿no?), cualquiera que fuese vuestra posición, podríais aceptar esto, tranquilamente.

Porque la realidad es que habéis nacido y tenéis que morir. Como sucede que no solamente tenemos que morir —también me incluyo claro—, sino que muchísimas veces al final ya no nos queda nada. Y solo lo que queda es lo que tiene que quedar. Y no me tiene a mí que importar qué nombre le voy a dar, es una realidad. Esa realidad ha estado siempre, ¿por qué no aprendo yo a convivir con ella, ya?

Hemos de ponernos al ritmo de los tiempos, si queréis ser críticos, si queréis ser nuevamente volterianos o como os guste, no sé, tampoco quiero insultar a nadie. Pues bueno, considerad que todas las presentaciones que se han venido haciendo en las diversas tradiciones han sido por dos razones: o porque aquellos señores han sido malos y han querido abusar, lo cual tendríamos que ir demostrándolo punto por punto; o porque a pesar de este abuso, de alguna forma también han contribuido a una marcha en todo el organismo general de vida.

Ni una cosa ni la otra tiene por qué conturbarme. Si yo la entiendo como una forma de presentación dentro del engranaje general, entonces cogeré más o menos, con la amplitud más o menos de visión y tratar de comprender todo ese proceso que se vaya yendo presentando.

Y sucede además que ni estoy en contra, ni estoy a favor, ni soy amigo, ni soy enemigo, sino que soy ni yo, que es como debo ser, ¿o no?