La flor de las nieves (edelweiss, que en alemán significa blanco puro) florece solo en la alta montaña, allí donde el aire es puro, porque ante la más mínima contaminación se marchita. De igual manera, el amor no puede vivirse plenamente en una atmósfera con interferencias egoicas que lo enturbien.
Tanto si hablamos del amor como la emoción que vivimos cuando sentimos un afecto intenso hacia alguna persona o cosa, como si hablamos del amor altruista o de aquel amor más profundo que calificamos de espiritual o universal, de manera consciente o inconsciente, con mayor o menor sutileza, el amor se ve a menudo enturbiado por otras emociones, apegos, intereses o necesidades encubiertas que nos privan de poder vivirlo plenamente.
Hablamos de amor a diestro y siniestro porque es una palabra de sabor dulce que nos hace sentir bien. Pero si no somos conscientes de las interferencias, no sabremos en realidad de qué estamos hablando cuando hablamos de amor.
Con solo observarnos un poco, con sinceridad, no nos será difícil darnos cuenta de que, en cualquier caso, la raíz de todas estas perturbaciones es el prisma personal, la mirada egoica, en definitiva, la identificación con el sentimiento de individualidad, aquello que nos priva de vivir plenamente el amor que, en realidad, es inherente a nuestra naturaleza más íntima.
El deseo de compensaciones
Cuando las pulsiones egoicas aún no han sido armonizadas, el amor se ve enturbiado por emociones y deseos que tienen que ver con esperar obtener algo a cambio: buscamos que se nos ame, se nos valore o queremos ver satisfechas necesidades o carencias personales. De manera más o menos evidente, esperamos compensaciones. Y lo hacemos prácticamente en cualquier tipo de relación interpersonal: en el amor de pareja, entre padres e hijos, entre hermanos o amigos. Pero cuando no obtenemos lo que esperamos, aparecen el conflicto y el sufrimiento, en forma de decepción, celos, desconfianza, miedo a no ser amados, falta de autoestima, chantaje emocional, deseo de control, de dominio, de posesión. ¿Qué queda entonces de aquello que llamábamos amor?
Cuando hablamos del amor romántico, tal como se entiende mayoritariamente hoy en día, arrastramos toda una serie de connotaciones que intoxican y condicionan la vivencia diáfana del amor. De entrada, identificamos amor con enamoramiento, cuando este no es más que un estado alterado de conciencia transitorio. Un mecanismo de la evolución biológica para inducir y favorecer el apareamiento y la reproducción de la especie. Un cóctel de energías mentales, emocionales y sexuales que, en forma de hormonas y neurotransmisores, nos transporta a una nube de la que no queremos bajar: todo es bello y placentero; nada de la pareja nos incomoda. Pero poco después, se haya alcanzado o no el objetivo, la alteración de conciencia desaparece. El enamoramiento es temporal, pero puede resultar adictivo. Si no somos conscientes de ello, podemos quedar atrapados en un círculo vicioso entre la búsqueda constante de los efectos euforizantes y el vacío resultante cuando estos desaparecen.
Por otra parte, el amor romántico alimenta la creencia de que somos incompletos y de que necesitamos a alguien más en quien descargar la responsabilidad de hacernos felices, en lugar de buscar la plenitud por nosotros mismos. Alimenta la creencia de que el amor consiste en dar y recibir. Y para colmo, normaliza el creer que el sufrimiento es inherente al hecho de amar. Pero ¿es el amor la fuente del sufrimiento? ¿O son las expectativas frustradas las que nos hacen sufrir?
El amor altruista
Cuando las dinámicas más burdas del amor interesado en compensaciones se nos hacen tan evidentes, entonces hablamos del amor altruista, supuestamente libre del deseo de contrapartidas. Ciertamente, es un paso, pero a menudo resulta que las expectativas son más sutiles.
Se dice que el amor de una madre por sus hijos es el más abnegado y el que más se acerca a un amor puro. Ciertamente puede serlo. Pero ¿cómo interfiere el instinto biológico de procreación? ¿O si estamos llenando un vacío vital con un hijo que dé sentido a nuestra vida? ¿Qué motivación real hay detrás del deseo imperioso de tener hijos sí o sí? ¿Volcamos sobre los hijos la responsabilidad de nuestra decisión? ¿Les generamos un sentimiento de deuda por nuestra dedicación? ¿Esperamos algún tipo de reconocimiento?
Se nos ha señalado: “ama al prójimo como a ti mismo”. Ciertamente, como guía, es mucho más acertada que la ley del talión: “ojo por ojo, diente por diente”. Pero el amor, la empatía y la compasión no surgen del seguimiento de una guía moral o del cumplimiento de un código de conducta. El amor es por vivencia, no por obediencia.
Por otra parte, ¿qué quiere decir amarse a uno mismo? ¿Cuál es el punto de equilibrio, la frontera entre el exceso y la carencia de autoestima? Lo que considero amor según mi criterio no tiene por qué ser lo mismo para todo el mundo. Si seguimos hablando de yo y del otro, y de cómo amamos y queremos ser amados, estaremos perpetuando el concepto de que el amor es un dar y recibir, es decir, el amor que espera compensaciones sobre el que reflexionábamos antes.
El amor universal
En un intento de trascender todas estas interferencias para vivir el amor, acabamos hablando del amor espiritual o universal que nos trasciende como individuos.
Ciertamente, el amor trasciende las individualidades. Pero si seguimos aferrados al sentimiento de individualidad, cuando hablemos de él, a menudo lo haremos solo desde una concepción idealizada, movidos por la sutil necesidad de encontrar un sentido a la vida o de endulzar los trances y contradicciones que conlleva vivir.
En el fondo, buscamos sentirnos mejores, más evolucionados, más espirituales… y esto, paradójicamente, continúa privándonos de vivir el amor plenamente.
La niebla de la individualidad
No se está insinuando que exista un amor puro, auténtico, fuera de nuestro alcance, y que haya que hacer algo extraordinario para vivirlo. Al contrario. En todo momento hemos estado hablando de formas de un solo amor, auténticas y naturales en sí mismas. Lo que se está señalando es cómo la niebla de la individualidad genera las interferencias que nos privan de vivir el amor tal cual es.
El sentimiento de yo es profundo y se resiste a renunciar a su protagonismo privilegiado. Muta, cambia de vestimenta, encuentra argumentos sutiles y enrevesados para mantener y alimentar la creencia de tener una existencia propia diferenciada de la VIDA.
Pero el amor es inherente a la Naturaleza de la VIDA, y por eso el amor no fragmenta, no excluye, no diferencia, no crea distinción entre esto y aquello, entre tú y yo, entre lo que está bien o mal…
El amor no se da ni se recibe. No entiende de contratos. No se negocia. Se vive.
El amor no es un refugio para evitar lo que no nos gusta. No es un cristal para ver la vida de color de rosa. No es un edulcorante empalagoso para endulzar los trances amargos y dar un sentido a la vida.
El amor no surge por obedecer preceptos éticos o morales. No es una elección. No es una opción personal. Se vive o no se vive.
Somos VIDA, y por eso el amor es también inherente a nuestra naturaleza más íntima. Solo cuando dejamos de aferrarnos e identificarnos con el sentimiento de yo, el amor aflora de manera natural en todo su esplendor.
Preguntémonos, pues, quién es el que ama: ¿el amor es ‘mío’ o es el amor de propia VIDA el que se está expresando?
No hace falta nada más.




