Sobre el Amor y la Sabiduría

Si el amor no es sabio, no es Amor. Si la sabiduría no es amorosa, no es Sabiduría.


El conflicto no resuelto entre corazón y mente, entre emociones y razón, induce una réplica en una octava superior —utilizando el símil musical—, con la aparente dualidad entre Amor y Sabiduría.

En este ámbito ya no hablamos de afectos o emociones, tampoco de ideas y conocimientos, sino de dos fuerzas que a menudo se interpretan como contrapuestas o como caminos diferenciados para alcanzar la vivencia plena de la Unidad de VIDA.

Ciertamente, según el temperamento de cada uno, puede predominar una nota más que la otra, pero el binomio Amor-Sabiduría siempre estará presente en toda indagación íntima y sincera.

La fusión con el Uno

Las diversas formas de Tradición han coincidido en señalar que Amor y Sabiduría son, por así decirlo, los dos pies para transitar el camino espiritual hacia la comunión con Dios, para unos, o el reconocimiento de la Unidad, para otros.

Los antiguos griegos ya afirmaron que no hay Gnosis sin Eros, es decir, no habrá conocimiento directo de la divinidad sin el deseo, sin el ardor de un amor apasionado que nos empuje irremediablemente a entregarnos a Dios. Un sentir también presente en el hecho de llamar filosofía (amor por la sabiduría) al deseo de saber, al anhelo de conocer la verdad de las cosas.

Paralelamente, el pensamiento hebreo señalaba el equilibrio entre hokhmah (sabiduría) y ahavah (amor), o más concretamente, entre hokhmah y hesed (amor, misericordia), según el misticismo judío de la qabbalah.

Ambas visiones, griega y judía, han inspirado el pensamiento y la mística occidental, desde el Neoplatonismo hasta el Cristianismo.

El Sufismo, la vertiente mística del Islam, también señala ishq, el amor divino, como la fuerza irresistible que nos arrastra, con frenesí, suspirando por fundirnos con el Uno, el Absoluto, Dios. Un amor que no es abstracto ni ciego, si va acompañado de ma’rifa, la sabiduría, el conocimiento interior, la percepción directa más allá de la razón conceptual. Cuando ishq y ma’rifa van de la mano, el ego desaparece y se disuelve la separación entre el amante y el Amado.

El Srimat Bhagavad Gita Upanishad, uno de los textos principales del Vedanta hindú, señala dos vías de liberación diferenciadas, pero también revela que, bien comprendidas, ambas conducen en última instancia a la misma vivencia de unidad. Por un lado, la bhakti, la vía del amor, la devoción y la entrega a la deidad personal elegida íntimamente (ishta-devata). Por otro lado, el jnani, la vía del discernimiento, del conocimiento discriminatorio de lo que es real o irreal (maya), y de la identificación plena del Atman individual con Brahman, el Absoluto. El devoto (bhakta) quemará el ego con su amor ardiente y experimentará la fusión con la divinidad de Brahman. El jnana (el indagador) se dará cuenta de la naturaleza ilusoria del ego y experimentará el amor de la comunión con la Totalidad. Uno trabaja con el corazón y el otro con el intelecto, pero ambos confluirán en la misma vivencia.

El Buddhadharma, especialmente en la corriente Mahayana (el Gran Vehículo), pone énfasis en la necesidad de cultivar la bodhicitta, el anhelo de iluminación, como motor indispensable en el trabajo interno para alcanzar la liberación. Una iluminación que no se produce solo por prajna, la sabiduría, la comprensión de la vacuidad de cualquier fenómeno, si no va acompañada también por karuna, el amor compasivo ante el sufrimiento de los seres sensibles.

Vemos, pues, cómo las diferentes formas de Tradición, cada una con sus palabras y visiones particulares, coinciden en que Amor y Sabiduría van de la mano, se complementan y no se entenderían por separado: la sabiduría, sin amor, puede quedar en un conocimiento abstracto, frío, orgulloso, indiferente, insensible; el amor, sin sabiduría, quedaría en una emoción ciega, una ilusión, un sentimentalismo que puede derivar, fácilmente, en obsesión o dogmatismo.

Amor y Sabiduría no son dos

Consecuente siempre en mostrar la unidad de las aparentes dualidades, Sat Dharma va más allá de la complementariedad apuntada por las distintas formas de Tradición, afirmando que Amor y Sabiduría son inseparables, porque no son dos: si el amor no es sabio, no es Amor (será otra cosa, como una emoción, un afecto o un interés, por muy refinados que sean); del mismo modo que si la sabiduría no es amorosa, no es Sabiduría (será un simple conocimiento o una fría erudición).

Amor y Sabiduría son connaturales a la misma Naturaleza de VIDA y, por tanto, están Presentes en la naturaleza más íntima de cada uno. ¿Qué nos impide, entonces, vivir plenamente el Amor y la Sabiduría? La misma mirada egoica que alimenta la confusión dual y nos impide darnos cuenta de la Unidad de VIDA.

La identificación con el sentimiento de yo actúa como una lente que solo deja entrever según cuán transparente sea. Cuando el aferramiento egoico es extremo y el ego acapara todo el protagonismo, la opacidad es total y eclipsa el Amor y la Sabiduría inherentes a nuestra auténtica naturaleza. Vivimos, pues, ofuscados por la indiferencia y la ignorancia.

Afortunadamente, esto no es siempre así, y en la medida en que el ego, al relacionarse con otros, cede parte de su protagonismo, el Amor y la Sabiduría se nos hacen perceptibles. Pero los vivimos parcialmente, teñidos y sometidos por los intereses egoicos: amamos a cambio de ser amados o de otras contraprestaciones más o menos sutiles; y también buscamos explicaciones constantemente, con el fin de obtener la sensación de seguridad y control.

Es solo cuando el sentimiento de yo se vuelve translúcido —no hay que eliminarlo— y la individualidad se limita a la función que le corresponde, que el Amor y la Sabiduría se nos muestran plenamente.

Mientras vivamos obnubilados por la Ilusión de ser individuos con existencia propia diferenciada de VIDA, creemos que el amor se da y se recibe, porque, en el fondo, priorizamos satisfacer los intereses egoicos. Buscamos con desesperación una sabiduría que nos libere de la duda permanente, sin ver que es nuestra mirada egoica la fuente de toda duda. El Amor ni se da ni se recibe, se vive. Del mismo modo que la Sabiduría se vive, y no se puede buscar ni aprender.

Tan pronto como apartamos el sentimiento egoico —aunque sea por un momento—, y nos damos cuenta de que nuestra auténtica naturaleza es la misma Naturaleza Una de VIDA, la Presencia No Dual (Samnidhi) se nos hace patente. Es entonces cuando el Amor y la Sabiduría que le son inherentes se desbordan sin reservas. Cuando la confusión dual se desvanece por completo y se disipa toda duda. Cuando despertamos a la lucidez y a la vivencia de un sincero y absoluto Amor a todo. Cuando ya no se necesitan consuelos y todo se convierte en objeto de nuestro Amor.


Disponemos de todos los elementos necesarios. Solo hace falta disponerlos adecuadamente para que unos no eclipsen a los otros. Debidamente alineados y transparentes, es decir, cada uno en su lugar y cumpliendo la función que le corresponde, actuarán en armonía y dejarán de ser un impedimento.

El Amor y la Sabiduría harán el resto.

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