¿Cómo nombrar lo que es inefable?
No hay ningún inconveniente en seguir hablando de Dios, si somos capaces de trascender la versión teísta y las connotaciones ultramundanas que comporta. Seguir hablando de Dios, tal como hemos hecho en los últimos milenios, como un ente superior, antropomórfico, lejano, todopoderoso, creador y juez, no favorece –más bien, dificulta–, la identificación plena.
Ciertamente, la vía devocional, amorosa –la vía bhakti–, dulcifica las aristas más ásperas de este concepto de Dios, favoreciendo el sentimiento de amparo, de refugio en el Padre, la Madre o el Amante –según cada cual–, pero para conseguir la identificación será preciso trascender la dualidad que esta experiencia del amor aún conlleva.
Si hablamos de Dios haciendo referencia al Todo, al Absoluto, el Ser, Lo que Es, Tao, Tathātā o Parabrahman –la vía jñani–, quizá tendremos menos dificultades para darnos cuenta de que somos parte inseparable, aunque, en este caso, será necesaria una buena dosis de abstracción para intuir que somos una única y misma naturaleza.
La propuesta laica “Universo”, también puede ser útil para quien se sienta más cómodo hablando en términos de energía y vibración. Pero también será necesaria una gran despersonalización para trascender el sobrecogedor infinito espacio-tiempo, al que parecemos haber llegado, nos movemos y del que marcharemos.
Más allá de vida-muerte
Sat Dharma incorpora VIDA como sinónimo de Lo que Es, para acercarlo más a nuestro vivir cotidiano y sentirlo al unísono con nuestro aliento y el latir de nuestro corazón, como muestra efectiva y práctica de darnos cuenta de que nos conforma y nos da la existencia.
VIDA refiere a la Naturaleza Primordial, Una, No-dual, fuera o por encima de la cual no puede haber nada más. La escribimos así, en mayúsculas y sin ningún artículo que la determine, para señalar la inefable trascendencia que le corresponde, más allá de los conceptos relativos de vida biológica, vida orgánica, la vida personal, así como de la paradoja vida-muerte que tanto nos preocupa.
De manera natural, casi sin tener que planteárnoslo, nos sentimos vivos. Percibimos como la vida corre por nuestras venas y en todo el mundo que nos rodea. Confirmado ahora ya por la ciencia, las antiguas culturas ya indicaban que la energía vital no solo vitaliza la materia inerte, sino que la conforma –por la equivalencia entre ambas–, y que todos los seres vivos, animales, vegetales o minerales –si, las piedras también–, forman un todo interdependiente.
Un buen punto de partida –al alcance de cada uno–, para intuir primero y realizar después que no pasamos por la vida, sino que somos parte inseparable de VIDA.
Un buen punto de partida para darnos cuenta de que –de igual modo que llamamos noche a la parte del día en la que reina la oscuridad, pero no dejamos de ver una continuidad cíclica–, la vida y la parte de vida que llamamos muerte no dejan de ser más que la continuidad de VIDA en movimiento.
Un buen punto de partida para descubrir que no tenemos existencia propia y que si somos –si existimos–, es porque somos VIDA.
Aunque todavía no nos hayamos enterado.






