Las capacidades de captación del ser humano han ido evolucionando con el paso de las eras, en la medida que toda su fisiología ―no tan solo el cerebro―, se ha ido modulando y adaptando para sobrevivir en un entorno cambiante.
Instalados en el pedestal idealizado del cientifismo tecnológico, miramos atrás, a nuestros antecesores, con una mezcla de prepotencia y condescendencia, y los cualificamos con adjetivos como prehistóricos, primitivos, arcaicos, antiguos… Pero no eran unos ignorantes.
Desde tiempos primigenios, el ser humano ha sido consciente de la comunión y armonía en un Todo. Se ha percibido a sí mismo como una parte inseparable más. Sin arrogarse ninguna posición hegemónica. Con un profundo respeto hacia la multitud de fuerzas y seres a su alrededor. Mostrando reverencia y agradecimiento ante el misterio de la vida.
Una actitud vital que aún podemos observar en el animismo de los pueblos y naciones indígenas que sobreviven hoy día en lugares aislados del planeta o que arrinconamos en reservas artificiales. Son conscientes del frágil equilibrio de la vida. Reconocen la única y misma Naturaleza de VIDA presentada en cualquier forma. Y por ello piden disculpas y agradecen el sacrificio hecho por árboles y animales que deben cortar o cazar para sobrevivir. Jamás por placer. Nunca si no es necesario. Respetan profundamente el hábitat donde viven y del que dependen. El mismo sentido de comunión, de unidad, les induce una consciencia grupal tanto o más presente que la individual. Así, la cooperación y solidaridad prevalecen sobre la competición entre los miembros de la comunidad.
Las primeras civilizaciones de que tenemos constancia (Mesopotamia, Egipto, India, China y las originarias de Mesoamérica y Andes), dirigieron la mirada hacia el cosmos, ampliando los límites del mundo. Ya no se reducía al hábitat natural más inmediato.
Con un pensamiento mítico y simbólico ―que ahora tanto nos desconcierta y menospreciamos―, el humano describía en forma de dioses y espíritus las fuerzas y energías que observaba en el cosmos, así como la energía vital, los pensamientos y emociones que sentía en su interior. Vivir estas fuerzas, en armonía y equilibrio, era la aspiración.
Más allá de ofrecer consuelo y de ser utilizadas para la conducción social, las diversas religiones han señalado también ―cada una con su particular presentación―, la Unidad de VIDA. Incluso con cierta añoranza por la conexión perdida. Lo apreciamos en los mismos conceptos de religión, del latín religare, religar, volver a unir; o en yoga, que significa unión, en sánscrito; o en philosophia, el amor a la sabiduría de los antiguos griegos, para quienes la sabiduría era mucho más que simplemente la razón. Señalan, en definitiva, que el ser humano solo encontrará la plenitud dándose cuenta de la comunión en la Unidad de VIDA.
Reencontrar la armonía perdida
Ciertamente, el humano ha avanzado mucho en encontrar explicaciones para comprender y dominar su entorno, ampliando los límites del conocimiento desde el mundo subatómico hasta los confines visibles del universo. Pero esto ha ido acompañado de la pérdida de la consciencia de ser parte inseparable de VIDA que tenían nuestros antepasados.
El instinto, la intuición, la analogía, la observación, una sensibilidad extrema para percibir las sutiles energías vitales en la naturaleza y el propio cuerpo; la consciencia colectiva como humanos, el respeto por la naturaleza… en resumen, la consciencia de Unidad de VIDA como un todo, ha ido quedando en segundo plano a medida que hemos cedido el timón de nuestras vidas a aquello que nos gusta llamar pensamiento racional, dando paso así al individualismo, la competitividad, el orgullo, la prepotencia y el antropocentrismo con que justificamos el dominio y la explotación del entorno y de los propios congéneres.
No se trata de volver al pasado, sino de reencontrar el equilibrio y la armonía en VIDA. Somos la resultante de una evolución, con luces y sombras, que no se detiene. Con la lógica y la crítica histórica podemos identificar los errores pasados y destilar la sabiduría recibida de nuestros ancestros. No la menospreciemos, adaptémosla a los nuevos tiempos.
Puede haber cambiado nuestro entorno y nuestro marco mental. Pero el misterio último continúa siendo el mismo. Y aquí los antepasados ya señalaban que la respuesta no la encontraremos en explicaciones conceptuales, sino cuando descubramos que nuestra naturaleza es la misma, única i, por tanto, inseparable, de propia VIDA.
No, no eran ignorantes.



