Sobre la materia y el espíritu

Para darnos cuenta de nuestra auténtica naturaleza, es necesario liberarnos del conflicto en el que vivimos, atrapados en la dualidad ficticia entre un cuerpo y un espíritu.


La dicotomía entre materia y espíritu es una de las cargas más pesadas de la confusión dual. Si no sabemos resolverla, será una de las ataduras más perniciosas por las actitudes y conflictos que de ella se derivan.

Una atadura generada, por un lado, por el malentendido de considerar materia y espíritu como dos opuestos antagónicos, sin saber ver la polaridad que representan y el equilibrio y la unidad entre ellos. Por otro lado, creer en la prevalencia del uno sobre el otro también refuerza el vínculo de la confusión dual. Tanto da si domina la mirada idealista que considera casi irreal todo lo que percibimos con los sentidos, como si predomina la mirada materialista que niega toda trascendencia más allá de una realidad palpable.

Como consecuencia, vivimos la vida fraccionada en dos partes y en conflicto entre sí. Empezando por nosotros mismos, cuando la dicotomía entre materia y espíritu se traduce en la disociación y el conflicto entre un cuerpo que llamamos físico, por un lado, y por el otro, las facultades cognitivas y emocionales que integran lo que vamos llamando psique, alma o —como está de moda decir hoy en día—, la conciencia.

Las raíces del conflicto

Los humanos, desde tiempos primigenios y condicionados por la limitación de los sentidos, tendemos instintivamente a diferenciar lo que es palpable, que podemos ver y tocar, como el cuerpo y los objetos que nos rodean, de todo lo que es más intangible, pero que sentimos o percibimos de otra manera, como las emociones, los pensamientos o las fuerzas de la naturaleza.

Por otro lado, el fenómeno de la muerte, con la desaparición repentina de la vitalidad en los seres vivos y la descomposición de los cuerpos visibles, ha inducido a la distinción entre una materia inerte y un aliento vital, un espíritu (del latín spiritus, aliento, respiración) o un alma que la vivifica o le insufla vida.

Muchas culturas entendieron esta diferenciación entre materia y espíritu no como una dualidad entre dos opuestos, sino como dos polos que, interactuando y complementándose entre sí, generan todo el mundo que percibimos. Una actitud vital que podemos apreciar en los pueblos indígenas que aún sobreviven hoy día en rincones apartados del planeta. O en el purusha y prakriti del Samkhya y el Shiva-Shakti del Shivaísmo pre-védico. También en la dinámica yin-yang del Tao en la cultura china, así como en el antiguo Egipto o en el paganismo precristiano —tan vinculados a la astronomía y a los ciclos de la naturaleza—, donde las polaridades masculino/femenino, padre/madre o cielo/tierra eran simbolizadas a menudo con una cruz de brazos iguales —estática o giratoria—, que simbolizaba la generación de la vida.

En cambio, en el Occidente de raíces greco-judeo-cristianas, la concepción dualista sobre Dios y lo que es divino o sagrado, en contraposición con lo humano y lo mundano o profano, atribuyó al aliento vital un origen divino que rompió la simetría, el equilibrio dinámico de la polaridad materia/espíritu. Se estableció así una prevalencia de uno de los polos sobre el otro: el espíritu, el aspecto masculino, el padre, el cielo, pasaron a tener una consideración de superioridad sobre la materia, el aspecto femenino, la madre, la tierra.

Con el paso de los siglos y los avances en la comprensión de las fuerzas de la naturaleza, hemos ido girando la mirada en la dirección opuesta, hacia una visión más materialista, amparada en un humanismo racionalista y empírico que pone al humano como centro y referente de todo el mundo que conocemos.

Ha sido un movimiento pendular, hasta cierto punto lógico y natural, como reacción ante un desequilibrio artificioso y de consecuencias nefastas. El problema es que el péndulo no ha hecho más que oscilar por inercia hacia el extremo contrario, con resultados no mucho más satisfactorios. Mientras no encontremos el equilibrio, seguiremos sin resolver la dicotomía.

Una espiritualidad malentendida

La interpretación antagónica entre materia y espíritu, y sesgada en un sentido o en el otro, distorsiona la percepción que tenemos de la vida y de nosotros mismos. Nos empuja a una experiencia fragmentada y a menudo en conflicto, entre un cuerpo físico y unos constituyentes psíquicos más sutiles que llamamos mente, conciencia, alma o espíritu —a menudo, sin entrar en demasiadas distinciones.

La prevalencia que otorgamos a lo que llamamos espiritual conlleva que nos identifiquemos con actitudes como la de habitar en un cuerpo, un cuerpo que consideramos inferior, solo un vestido, una carcasa. Incluso una jaula, una prisión, para los ascetismos más extremos. Un cuerpo ilusorio, temporal, contrapuesto a un espíritu real y eterno. En nombre de una espiritualidad malentendida, menospreciamos el cuerpo y le negamos los instintos y emociones que le son connaturales, al considerarlos un estorbo, una carga, a los que debemos renunciar para alcanzar mundos o dimensiones ultramundanas.

En sentido contrario, cuando concedemos la prevalencia a lo que llamamos material, centramos la atención en el cuerpo y sus necesidades. Nos preocupamos por su bienestar y salud, tanto física como emocional y mental. Pero el sentimiento de individualidad y de separación acapara todo el protagonismo y, conscientes de su transitoriedad, nos aferramos a vivir lo más y mejor posible. Al negar toda trascendencia espiritual, hablamos de crecimiento personal, de dimensión interior, de buscar el propósito de la vida, en un intento de calmar la angustia y el conflicto vital en que vivimos.

No parece, pues, que ninguna de estas dos miradas, excluyentes entre sí, nos haya de liberar del conflicto ni nos puedan conducir a una vida armoniosa y plena.

Equivalencia materia-energía

El paso de gigante dado por la ciencia en los últimos cien años quizás nos ayude a suavizar las aristas y a superar las contradicciones entre ambas miradas. Sin duda, han saltado por los aires conceptos que hasta ahora parecían absolutos e inamovibles para el sentido común. Lo que entendemos como espacio, tiempo, materia o causalidad cuando nos movemos en la limitada franja de vida que es nuestro día a día, no son del todo aplicables cuando queremos entender cómo funciona el mundo subatómico o el universo a gran escala.

Sin ánimo de buscar justificaciones científicas, no deja de ser ilustrativo que, tras siglos y siglos buscando la pieza básica e indivisible de la materia, los avances de la ciencia hoy en día vayan en la dirección de lo que algunas culturas ya intuían y percibían: la energía no solo vitaliza la materia, sino que también la conforma.

Hasta ahora creíamos que la materia ni se creaba ni se destruía, solo se transformaba cambiando de forma, de estructura. Actualmente, la Física nos dice que materia y energía son equivalentes, transformables entre sí. Cuando la materia se desintegra, libera energía; cuando se concentra suficiente energía, aparecen partículas materiales. Es decir, que todo lo que percibimos como material —nosotros también—, son estructuraciones de células, moléculas, átomos, núcleos y partículas que, al fin y al cabo, no son más que energía, digamos, cosificada, densa, sólida o materializada —valga la redundancia. Y para rematarlo, para dejarnos sin suelo donde apoyarnos, se nos señala que la energía no es más que la vibración del vacío. No intentemos comprenderlo desde el intelecto. No podremos. Las matemáticas lo justificarán, pero se escapa a toda intuición.

No obstante, no debería sorprendernos. Muchas culturas han señalado cómo es la energía la que conforma el mundo. Una energía vital que en el mundo indio llaman prana, la cultura china conoce como qi, los antiguos egipcios llamaban ka y los toltecas, nagual. Todas estas tradiciones detallan cómo las diferentes modalidades de la energía configuran el cuerpo físico, las emociones, la mente, la conciencia y la naturaleza más íntima. Además, muestran cómo la concienciación y la gestión adecuada de la energía vital —evitando los bloqueos de la individualidad que impiden su circulación natural— no solo serán fuente de salud, bienestar y armonía, sino que también inducirán la vivencia de la Presencia No Dual de VIDA (Advaita Samnidhi).

Una sola naturaleza

Así pues, resulta bastante evidente que para vivir en plenitud no podemos seguir creyendo en la falsa dicotomía entre materia y espíritu. Para darnos cuenta de nuestra auténtica naturaleza, es necesario liberarnos del conflicto en el que vivimos, atrapados en una dualidad ficticia entre un cuerpo y un espíritu.

Del mismo modo que cuando decimos hielo, agua y vapor para señalar los distintos estados de un solo elemento (el agua), debemos ser conscientes de que cuando hablamos de los agregados que nos constituyen, cuando hablamos del cuerpo, las emociones, la mente, la conciencia y aquello más profundo que trasciende la individualidad, nos estamos refiriendo a aspectos de una sola naturaleza. Cada uno tiene su función y operatividad, pero actúan como un todo. Son modalidades de una sola energía con diferentes grados, digámoslo así, de densidad o sutileza. Tal como VIDA es Una y Múltiple al mismo tiempo.

No obstante, es necesario distinguir los agregados para ser conscientes de las particularidades de cada uno, así como de la dinámica holística con la que actúan conjuntamente. Así podremos identificar los bloqueos y los desequilibrios que alteran la armonía natural entre ellos y nos privan de vivir la trascendencia de lo que somos. Una trascendencia que no es ultramundana. No la encontraremos en mundos celestiales o dimensiones superiores, sino en nuestra más profunda intimidad.

Dejemos, pues, de vivirnos en conflicto. Dejemos de menospreciar el cuerpo, de reprimir emociones, de aferrarnos a creencias y estructuraciones mentales y confiemos más en aquello que nos resuene más profundamente. En la medida en que cuerpo, emociones y mente se calmen y se armonicen entre sí, serán más transparentes y nos permitirán ver con claridad que lo que somos, nuestra auténtica naturaleza —lo que llamábamos espíritu—, no es más que la Naturaleza de VIDA misma.

Si descansamos en lo que somos, y lo que somos es VIDA, ¿dónde está el conflicto?

Artículos relacionados