El humano se encuentra abocado, como nunca, a tener que revisar su andadura hasta nuestros días. Son muchos los frentes abiertos que le exigen, sin demora, un sincero y profundo reconocimiento de los errores cometidos, como primer paso para un cambio generalizado que se intuye necesario, imprescindible, inevitable.
Debería revisarse, urgentemente, todo. Todo y a la vez. No pueden abordarse por separado cada uno de los frentes: el modelo de sociedad; el impacto medioambiental; la convivencia con el resto de seres sensibles; el modelo económico; la competitividad; la desigualdad; la escasez de recursos y su distribución; el sometimiento de unos por otros –especialmente el que sufren las mujeres por el mero hecho de serlo–; la explotación de muchos por unos pocos; la discriminación por raza, ideología, creencias u orientación sexual… la lista es interminable.
Deben abordarse al unísono por la sencilla razón de que tienen una causa común: el sentimiento de separatividad que nos confunde y nos hace ver la vida que decimos vivir como algo ajeno; una separatividad que genera el miedo que nos acompaña desde el mismo momento del llamado “nacimiento”; una separatividad donde radican todos los conflictos, esperanzas y temores que nos embargan, tanto en lo individual como en lo colectivo. Un sincero análisis en profundidad constatará la imposibilidad de avanzar hacia la resolución efectiva de ninguno de los frentes, sin afrontar abiertamente la necesidad de un cambio radical –o sea, de raíz–, en la actitud vital del ser humano.
A lo largo de la Historia, grandes seres de todos los tiempos, tanto de Oriente como de Occidente, han coincidido en señalar la Unidad de Vida, añadiendo además que la realización de la Naturaleza No Dual de Vida lleva al ser humano a la plenitud natural que le corresponde.
Una realización que se nos escapa por la paradoja que entraña. No es algo que debamos alcanzar, aprender o conquistar. Más bien se trata de identificar y soltar aquellos mecanismos egoicos a los que estamos aferrados y que alimentan tal sentimiento de separatividad. No se trata pues de adquirir conocimientos o conceptos meramente intelectuales. Tampoco de adoptar nuevas creencias dogmáticas.
Sri Bhagavan Advaitananda Vyasa Goe destacó esta paradoja al enunciar su Proclama como La Doctrina de la No Doctrina de SER. No hay Doctrina, ni se necesita. Esa sería la Doctrina. Somos VIDA, pues nada puede haber fuera de Ella. Nada Le puede ser ajeno. Basta con darse cuenta de cual es nuestra auténtica naturaleza, para disipar la confusión de la dualidad y la visión fragmentaria con que comúnmente vivimos.
Por supuesto que, para entendernos, deberemos primero saber de qué estamos hablando cuando hablamos de VIDA, así en mayúsculas. También necesitaremos ir reconociendo y desactivando los mecanismos que nos impiden ser conscientes de nuestra propia naturaleza, alimentando el sentir dual causante de todo conflicto y sufrimiento.
Advaitananda V.G. señaló constantemente que no hay más secreto que la naturalidad, la naturalidad de vivir. No hay que forzar nada. No hay que imponer nada. No hay que rechazar nada. Nada sobra, nada falta. Bastará con un franco anhelo de esclarecimiento, la dedicación y la constancia en una introspección valiente y sincera.
Vivir. Sólo vivir. Así de simple, aunque quizá – ciertamente –, pueda no resultar fácil. No desfallezcamos por ello. Iniciemos nuestra andadura con la tranquilidad y confianza de –cuando menos– intuir que somos VIDA, aunque aún no lo vivamos plenamente. Cabalguemos en la paradoja de la Unidad y la Multiplicidad, y nos iremos dando cuenta de que realmente no son dos cosas. Descubriremos así el arte de vivir auténticamente: El Arte de la No Dualidad.
La vivencia no es lo que uno vive,
sino lo que es.No es necesaria confianza
si ya eres ”ello”.La duda la genera la creencia.
Advaitananda Vyasa Goe
Se vive cuando ya no se necesita explicar.


