Sobre el corazón y la mente

La armonía entre razón y emociones es un requisito ineludible si queremos escuchar la voz del Corazón, donde reside nuestra auténtica naturaleza. El Corazón que late como único Corazón de VIDA.


A menudo nos abruma el conflicto entre el corazón y la mente, entre las emociones y la razón, entre lo que queremos y lo que creemos que debemos hacer.

En Occidente hemos vivido muy marcadamente esta dicotomía. La hemos sufrido durante siglos, y es apenas desde hace pocas décadas que los avances en psicología y neurociencia vienen a corroborar lo que otras culturas milenarias ya señalaban.

Es necesario resolver la dualidad entre corazón y mente para poder ver más allá.

El menosprecio de las emociones

El dominio de la razón sobre las emociones ha caracterizado, durante siglos, la mirada, el pensamiento y la moral de Occidente. Ya los antiguos griegos, como Platón y Aristóteles, consideraban que el hombre virtuoso era aquel que sometía las emociones al control de la razón.

Esta actitud de desprecio y desconfianza hacia las emociones fue asumida y potenciada por las religiones monoteístas —principalmente el cristianismo—, que fomentaron una moral de sacrificio y autocontrol, donde la voluntad y la razón debían dominar las «bajas pasiones» del ser humano que lo arrastraban hacia el pecado.

La jerarquía de la razón alcanzó su máxima expresión con la Ilustración, hasta el punto de que Descartes expresó su famosa frase «Pienso, luego existo», atribuyendo a la razón el fundamento de la existencia y la verdad.

No ha sido hasta bien entrado el siglo XX cuando diferentes corrientes de la psicología moderna —como la humanista o la transpersonal, por ejemplo— han puesto el foco en corregir este menosprecio hacia las emociones. Ha sido necesario esperar hasta finales del siglo pasado para proponer el concepto de «inteligencia emocional», en un intento de corregir el desequilibrio que nos ha condicionado durante tanto tiempo.

Oriente, otra mirada

Los avances de la neurociencia en el estudio de los procesos psicosomáticos, es decir, la interrelación entre pensamientos, emociones y cuerpo, vienen a confirmar la mirada más integradora y armónica de las culturas orientales.

En el mundo indio, a pesar de distinguir los diferentes kosha (cuerpos) que nos integran, se ha señalado que kama (las sensaciones, emociones y pasiones) y manas (la mente concreta, los pensamientos y la razón) van de la mano y actúan como un solo cuerpo, kama-manas, a la hora de tomar decisiones, incluso las más triviales.

La cultura china ha ido más allá. Además de señalar los Tres Tesoros (Sanbao), es decir, las tres energías que nos conforman como humanos —jing, la más orgánica, que constituye el cuerpo; chi, el aliento que nos vitaliza; y shen, la más sutil, que genera la mente—, también detalla con precisión la interacción energética entre cada una de las emociones con órganos y vísceras físicas concretas. De tal manera que el equilibrio energético entre la mente, las emociones y el cuerpo resulta determinante para la salud, el bienestar y la armonía de vivir.

Cuando el Buddhadharma (budismo) pone el foco en eliminar el deseo (trisna) para liberarnos del sufrimiento, no se refiere solo a las pasiones o emociones, sino a los deseos y apegos a la ilusión egóica de tener existencia propia, diferenciada de VIDA. Unos apegos alimentados por la actuación conjunta de los skandhas, los agregados físicos, emocionales, mentales y de consciencia que constituyen el puggala (la persona). Unos agregados que han de ser abordados al mismo tiempo y en igual medida para alcanzar la armonía y la plenitud.

Un solo Corazón

Resulta, pues, bastante evidente que el protagonismo excesivo de la razón y el desprecio y control de las emociones ha sido más bien fuente de conflictos. Obviamente, no se trata ahora de ir al extremo opuesto y hacer prevalecer las emociones como guía, sino de encontrar el equilibrio y la armonía entre razón, emociones y también el cuerpo, a menudo el gran olvidado.

Al igual que VIDA, en la proporción que nos corresponde como individualidades, somos una unidad y operamos como un todo, holísticamente. No podemos vivirnos fragmentados, disociados en partes que vayan cada una por su lado. Es necesario darnos cuenta y mirarnos sinceramente —desde la calma, sin juzgarnos ni rechazar nada— para ir identificando las diferentes energías que nos integran, desde el mismo cuerpo físico hasta la consciencia, pasando por las sensaciones, emociones, pensamientos, creencias y construcciones mentales. Sentirlas y ser conscientes de su funcionamiento, de cómo se activan, cómo se tranquilizan, cómo se interrelacionan unas con otras, cómo determinan nuestra acción y estado de ánimo. Así iremos descubriendo la función lógica de cada una y cómo, con naturalidad y sin forzamientos, podemos dejar de ser esclavos de los automatismos egoicos y conseguir ir más allá de un cierto bienestar personal.

La armonía entre razón y emociones es uno de los requisitos ineludibles si queremos escuchar la voz del Corazón donde reside nuestra auténtica naturaleza. El Corazón simbólico que han señalado todos aquellos, de aquí y de allá, que se han dedicado a una introspección profunda y sincera. El Corazón donde anidan el Amor y la Sabiduría inherentes a la Naturaleza No Dual de VIDA. El Corazón que late como único Corazón de VIDA.

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