Cualquiera, con un mínimo de discernimiento y sensibilidad, coincidirá en la imperiosa necesidad de imprimir un cambio de rumbo en la evolución de la Humanidad. A pesar de los grandes avances científicos –mayormente tecnológicos–, es evidente que el ser humano se encuentra lejos de la plenitud que le corresponde por naturaleza. Lejos de vivir la paz y la armonía inherentes a la Naturaleza de VIDA.
Sin duda, el salto evolutivo que significó el progresivo desarrollo de la mente racional ha caracterizado y ha hecho posible la supervivencia de la especie. Pero a la vez, la preeminencia cada vez mayor de esta mente racional en detrimento de los otros constituyentes del humano, nos ha abocado al paranoico sentimiento dual de estar diferenciados de VIDA.
Una vez “expulsado del paraíso” de la Unidad, el ser humano se ha sentido siempre vulnerable, en un entorno que le resulta hostil, lleno de amenazas. Y desde tiempos primigenios continuamos buscando respuestas, “explicaciones” que nos den la sensación –falsa, ciertamente–, de seguridad, control y dominio.
Es tan grande la necesidad de explicaciones que tiene la mente, que cuando no las encuentra por experiencia lógica y directa, llena los vacíos con creencias, no siempre adoptadas por decisión propia, pero que aceptamos a menudo sin cuestionarnos cómo nos condicionan.
La dualidad ultramundana
Hoy por hoy, la conducta humana continua amparada en una visión artificial, mítica y falsamente mágica, más propia de épocas primigenias e incipientes capacidades de captación. Una visión fundamentada en el miedo y los sentimientos de inferioridad y culpa, que han ido construyendo un pernicioso ultramundanismo –dual por definición–, que con la promesa de un “más allá” quiere hacer más llevaderas las angustias del “más acá”. Un ultramundanismo que demasiado a menudo solo ha servido para que unos pocos mantuvieran poder y privilegios y subyugaran a sus congéneres, manteniéndoles en la ignorancia y privándoles de alcanzar la plenitud que corresponde a cualquier ser humano.
Ciertamente, la Humanidad ha conseguido altas cotas de luz, sabiduría y sensibilidad. Desdichadamente, han quedado siempre restringidas a círculos reducidos. El uso del lenguaje mítico, alegórico o simbólico, en combinación con un analfabetismo generalizado, ha sido un obstáculo que ha privado de luz a una mayoría que, con prioridades más perentorias, se ha visto obligada a conformarse con el consuelo que le ofrecían las interpretaciones literales.
Nuevas creencias, mismos errores
Nos engañaremos si pensamos que el mecanismo de las creencias se corresponde exclusivamente con el ámbito religioso y a épocas pasadas ya superadas. El laicismo de la sociedad moderna no acaba de ofrecer los valores trascendentes que anhelábamos, dejando paso a un consumismo salvaje, con toda seguridad la creencia más extendida hoy en día: para ser felices y encontrar el sentido de la vida, basta con que nos preocupemos por consumir y satisfacer todos los deseos y necesidades; tanto las más primarias, como las que nos son inducidas artificialmente. Todo es objeto de consumo, hasta el punto que cualquier inquietud interna encontrará también ofertas en forma de terapias, técnicas, cursos, coaching… a cambio de un precio.
En este contexto, proliferan todo tipo de propuestas: desde revisiones más o menos dogmáticas de religiones o ideologías ya conocidas, a prácticas descafeinadas que prometen paz y bienestar, pasando por otras presentaciones con apariencia de novedad, amparadas en los sorprendentes avances de la ciencia. Pero en general, continúan insistiendo en la mirada dual, por lo que como mucho alivian, pero no liberan del angustioso sentimiento de separación.
Adecuar la mirada
Así pues, ¿debemos perseverar tozudamente con la misma actitud ante la vida?
¿Debemos continuar arrastrando el complejo de inferioridad ante entidades divinas, mundos celestiales o inteligencias superiores? O en el extremo opuesto: ¿debemos mantener la arrogancia de creer que somos la cúspide de la creación y actuar como si todo estuviera dispuesto para nuestro disfrute y servicio?
¿Hay que cargar con el sentimiento de culpa, aunque no sepamos muy bien qué pecado o karma negativo hemos cometido?
¿Tenemos que seguir hablando en términos de “la otra vida”, real y eterna, por el simple hecho de que no nos guste o entendamos “esta”?
¿No deberíamos dejar de fragmentar la vida entre materia y espíritu, menospreciando nuestro cuerpo tratándolo como un simple vestido transitorio –o peor aún, como una prisión– de un alma o espíritu individual?
¿Debemos continuar creyendo en verdades ajenas en lugar de descubrirlas por nosotros mismos?
¿Permitiremos por más tiempo que la Humanidad se vea regida por la manipulación de creencias y la privación de la sabiduría?
Insistir en la misma tónica que hemos mantenido durante milenios, no resolverá los conflictos que vamos arrastrando, individual y colectivamente. Es necesario adecuar la visión a los tiempos presentes y futuros inmediatos.
Los humanos debemos poner en valor la sabiduría y los avances evolutivos que hemos heredado de todos aquellos que nos han precedido, pero a la vez tendremos que apresurarnos en no caer de nuevo en los errores cometidos en el pasado.
Para empezar, es necesario adecuar el criterio, el lenguaje y el trato, para hacer completamente accesible la sabiduría. Sin intermediarios. Reconociendo el acceso a la visión clara como derecho inalienable de todo ser humano. Tan o más importante que los más básicos derechos a la vida, a la salud y a la educación. Siempre excluyendo situaciones de imposición o forzamiento. Con absoluta tolerancia y comprensión. Aceptando la situación íntima de cualquier ser humano, sea la que sea.
No encontraremos respuestas “allá”, por muy sublime que lo imaginemos. Es imperativo dejar de aferrarnos a los instintos egoicos más toscos para darnos cuenta de que la íntima naturaleza de cada uno no es otra que la misma Naturaleza Primordial de VIDA de la cual somos inseparables.
La Humanidad vive momentos inciertos, dramáticos y determinantes. Pero al mismo tiempo dispone de más elementos de criterio y está en mejores condiciones para redescubrirse Presencia en VIDA y reorientar el rumbo para vivir en armonía y plenitud.
El reto es mayúsculo. Y ciertamente, después de milenios de oscuridad, el cambio no será de hoy para mañana. Aunque esto no nos tiene que hacer desfallecer. Antes de llegar a su zenit, los rayos del sol despuntan al rayar el alba. Apresurémonos pues, a despuntar. A convertirnos en testimonios de luz para las generaciones futuras que nos continuaran.
¡Qué mejor legado!



