Aclarar la confusión dual y darnos cuenta de nuestra auténtica Naturaleza es sencillo: VIDA y yo no somos dos. Pero sencillo no significa fácil.
Ciertamente, la realización directa es instantánea: solo es preciso darnos cuenta. Pero el hecho de darnos cuenta no se produce a voluntad o por una simple comprensión intelectiva. El sentimiento de yo es profundo y se resiste a renunciar a su protagonismo privilegiado.
Para que el yo, el sentimiento de individualidad, deje de eclipsar nuestra auténtica Naturaleza, es preciso identificar e ir deshaciendo los nudos, los apegos, que alimentan y nos mantienen ligados a la confusión dual.
El llamado camino espiritual
Las diferentes Formas de Tradición han propuesto al humano prácticas de autoconocimiento y liberación para conseguir la vivencia de la Unidad de VIDA (algunas dirán la unión con Dios).
Son lo que acostumbramos a llamar caminos espirituales. Unos caminos repletos de preceptos, oraciones, renuncias, purificaciones, ascetismo, privaciones, meditaciones, retiros, silencios… incluido el uso de sustancias psicotrópicas. Todo ello para conseguir experiencias extraordinarias o estados alterados de consciencia.
Son caminos válidos, sin duda. Pero no siempre han sido presentados, abordados o practicados con la actitud más adecuada.
El mero hecho de hablar de «caminos» y «espirituales» alimenta la obstinada dicotomía entre espíritu y materia, así como la perniciosa creencia que el mundo físico es ilusorio y que nuestro cuerpo es inferior, una rémora, una prisión de la que nos tenemos que liberar. Esta actitud nos predispone a una visión fragmentada y un conflicto constante con nosotros mismos. Nos hace sentir incompletos, faltos de algo que debemos conseguir y que creemos que tenemos que buscar y encontrar «allá», «fuera», en dimensiones superiores o mundos celestiales.
Ciertamente, estas prácticas nos pueden conducir a experiencias y estados alterados de consciencia que nos permiten trascender la mirada egoica, adormilándola por unos momentos, lo que nos permite apartar el sentimiento de individualidad y catar algo de nuestra auténtica naturaleza.
Pero no son la realización. La realización no es una experiencia puntual. La realización es ser. No sirve de mucho la experiencia si no se transforma en ser, si no se incorpora en propia médula.
La vivencia no es lo que uno vive,
Advaitananda Vyasa Goe
sino lo que uno es.
VÍA no conduce
La confusión dual, el apego a nuestro sentimiento de individualidad, nos priva de darnos cuenta de que no «estamos» en VIDA, sino que «somos» VIDA.
Si ya Lo somos, no nos falta nada. ¿No es absurdo, pues, ir a buscar lo que ya somos? ¿Qué hay que conseguir? ¿Por qué buscamos «allá» i no en nuestra propia naturaleza?
La VÍA de la realización, paradójicamente, no es un camino que conduzca a ningún sitio. Si ya Lo somos de natural, es también de natural que tarde o temprano seamos conscientes de ello. Solo se precisará un sincero anhelo de ver claro y un mínimo de dedicación y constancia.
No se trata de aprender o de conseguir nada. Tampoco de forzamientos o renuncias. No nos falta nada, pero tampoco sobra nada. Más bien se trata de descubrir qué es lo que nos priva de darnos cuenta de lo que ya somos y poner cada cosa en su sitio.
Deshaciendo nudos
El enredo de la confusión dual alimenta la mirada egoica y el sentimiento de separatividad.
Como cualquier enredo, la consistencia de la confusión dual radica en el complejo embrollo de nudos que, retroalimentándose entre sí, nos dificultan la visión clara de la única cuerda que lo conforma.
Si la vivencia directa de la Naturaleza No Dual de VIDA se nos resiste, siempre podemos ir identificando, aflojando y deshaciendo, pacientemente, cada uno de los nudos que, en forma de creencias, prejuicios o malentendidos, lían la madeja.
Una introspección sincera —es decir, mirarnos con decisión, sin miedo, pero también sin vergüenza, sin culpa, sin juzgar-nos—, nos permitirá ir conociendo cómo operan aquellos que llamamos nuestros constituyentes —el cuerpo, las emociones, los pensamientos, las formaciones mentales i la consciencia—, y cómo su acción conjunta genera el sentimiento de yo que se apropia de todo el protagonismo.
Cuando examinemos las formaciones mentales, deberemos revisar y cuestionar, atentamente, todos aquellos hábitos, valores, ideas, conceptos y creencias —propias o adoptadas de nuestro entorno—, que alimentan y nos mantienen ligados a la visión dual: desde como el lenguaje, dual en sí mismo, condiciona nuestra mirada, a las explicaciones ontológicas sobre qué es esto que llamamos vida, pasando por las aparentes dicotomías y contradicciones que vivimos en nuestro día a día.
Vivir, solo vivir
No debería desanimarnos la aparente complejidad de la tarea, porque no lo es. Es un proceso natural. Tan natural como respirar.
Un proceso que se iniciara cuando, quizá cansados de sufrir, intuyamos que la raíz de nuestros desasosiegos está en nuestra mirada y no en lo que vemos. Que no importa tanto lo que vivimos, sino como lo vivimos.
Esto despertará un anhelo sincero de ver claro. Un anhelo que nos motivará a mirarnos para conocer nuestra auténtica naturaleza, más allá del sentimiento de yo.
Podremos auxiliarnos con prácticas y técnicas tradicionales para encontrar la calma necesaria para la introspección. Pero no hagamos de la práctica el objetivo.
Somos VIDA y, por tanto, vivir es la meditación definitiva. Solo es preciso entregarnos y confiar plenamente.
Testemos nuestra intuición en el día a día, con la certeza que VIDA es la única Maestra y la mejor guía.
La Alegría inherente a la Naturaleza propia de VIDA (no la emoción que solo surge cuando las cosas nos van bien), será el mejor indicador de nuestros progresos.





